[…] es una selfie.
Por Julia Medin y Tatiana Rulli
... pensar a la selfie como producción estética contemporánea... abordarla desde un punto de vista ontológico, como fenómeno cultural contemporáneo y en relación con su calidad de original al tiempo que copia... y que en tanto manifestación de la sociedad de la información, puede ser pensada como posible acto de soberanía. En la sociedad de la media de hoy, constituirnos a nosotras mismas como contenido estético es una práctica cotidiana, aún cuando no siempre consciente, que aparenta ser un ejercicio de libertad posible....
En esta línea de pensamiento algunas reflexiones: 1) como mujeres estamos habituadas a prestar atención a nuestros cuerpos y a nuestra imagen, 2) ello es resultado histórico de haber sido categorizadas, evaluadas, observadas, cosificadas, rechazadas, legitimadas o aceptadas por ellos, 3) que en consecuencia podriamos ser hasta abordadas como objetos estéticos y posibles de ser categorizadas en términos de valor, 4) que, en todo caso, es incuestionable el hecho de que hemos sido condicionadas a lo largo de la historia por imposiciones sociales, políticas, economicas, religiosas y culturales, 5) afectando éstas la forma de percibirmos, relacionarnos y proyectarnos en el mundo. 6) Que la globalización, y la economía de mercado, propias del capitalismo han dado lugar a una cultura de la imagen dominante, regente del deber ser y estar en el mundo, 7) lo que ha generado en la actualidad digital una exacerbación de la forma por sobre el contenido, 8) y que producto de ello es posible pensar a la selfie como una de las prácticas estéticas contemporáneas más habituales, 9) que al mismo tiempo este sistema-mundo se ha encargado de mediar y constituir las condiciones y valores acerca de aquello posible de ser considerado valioso y estético. 10) Y que, en consecuencia la selfie será tanto un mero gesto de reproducción y producción poco original, a la vez de una producción estética resultante de un acto de rebeldía, de resistencia, de ejercicio enunciativo emergente, basandonos en entender que “La obra de arte ha sido siempre fundamentalmente susceptible de reproducción” (Benjamin,1972).
Sociedad de la información como máquina semiótica
Comenzaremos con algunas consideraciones preliminares que contextualizan nuestros argumentos y que se fundan en asumir que estamos inmersos en una sociedad mediada por las tecnologias digitales, por los medios de comunicación y por las redes sociales, y que éstos se han constiutido en dispositivos de control, de ejercicio de poder y de asignación de valor económico, político, social y cultural, y que es en ella donde la información ha adquirido el valor de mercancía, de entidad de bien de consumo, a la vez que nos invita a pertenecer a una comunidad. En este escenario es que podemos sostener que “la frenética urgencia económica de producir constantemente nuevas oleadas de géneros de apariencia cada vez más novedosa asigna una posición y una función estructural […] a la innovación y la experimentacion estetica” (Jameson, 2009), que ha dado lugar a la “emergencia de una nueva dimensión imaginaria como consecuencia de una invención técnica constiutída en máquina "semiótica [...]algo así como su lado oscuro, apasionado o anárquico, generalmente negado” por sus creadores y que es denominable como “dimensión artística” (Machado, 2000) es en este sentido, que nos atrevemos a caracterizar a la selfie como una manifestación estética propia de esta emergente dimensión imaginaria, en consecuencia de considerar a la sociedad de la informacion, a la sociedad de consumo posmoderna y a su revolución tecnológica, como una maquina semiotica.
De las estéticas contemporáneas
Es sabido que el mercado, con su cultura de la imagen y del consumo nos impone una forma de interactuar en y con el mundo, y que la misma es mediada por una cantidad de mecanismos y códigos que debemos aprender, aprehender y “dominar” y que nos obligan, en consecuencia a emprender una necesaria actualizacion permanente. Tanto de técnicas, como de carga de datos, y aún a sabiendas de que no terminamos de conocer, o decodificarlas en profundidad, y que por lo tanto nos mantiene, por un lado, en una suerte de penumbra, con poco acceso a conocimientos, recursos, o capacitaciones que nos permitan manipular dicha máquina, controlarla, o decidir acerca de su funcionamiento, comportamiento, programación, control sobre las copias, distribución, almacenameinto y perecidad de los datos allí volcados, y bajo la cual nos encontramos inmersxs, alejados de escenarios creativos auráticos (Benjamin, 1972). Y que por el otro nos obliga a reconsiderar, entre otras, y para empezar, las categorías de obra, arte, artista y autor, con su consecuente asignación de valor estético y político. Nos encontramos entonces, en un momento en el que las categorías estéticas tradicionales no alcanzarían, o no estarían en condiciones de ser utilizadas para analizar las nuevas manifestaciones estéticas contemporáneas, que en palabras de Josefina Ludmer podría caracterizarse como el “fin de la autonomia del arte”, y que para Machado podría entenderse a partir de considerar que “Lamentablemente Ia reflexión teórica sobre el arte de nuestro tiempo tropieza con los presupuestos heredados de teorías estéticas obsoletas, demasiado puristas para dar cuenta de una amalgama de factores infinitamente más complejos y heterogéneos que aquellos que definían a la primera revolución de la modernidad”. (Machado, 2000). Estas reflexiones nos llevan a atender el carácter del vinculo que establecemos entre nosotres mismes y nuestra imagen proyectada en el medio digital, a raíz de pensar en la “decisiva importancia que el modo aurático de existencia de la obra de arte jamás se desligue de la función ritual. Con otras palabras: el valor único de la auténtica obra artística se funda en el ritual en el que tuvo su primer y original valor útil” (Benjamin, 1972) haciendo posible pensar a la práctica de la selfie, en una doble dimensión, la de ser a la vez original y copia, a través de la cual ejercer soberanía, al generar y o actualizar nuestra propia (id)entidad mediada a través de esta máquina semiótica, que en apariencia responde a una necesidad de actualizar(nos) como información, a hacernos públicxs, al tiempo de constituír(nos) como un objeto estético de consumo, en y para una sociedad donde “no miramos sino lo que está bien mostrado, es decir que no deseamos sino lo que es deseado por otros” (Bourriaud, 2009).
Sobre el genio colectivo
Lo hasta aquí expuesto, nos lleva a pensar algunos aspectos de la selfie. Por un lado, su autonomía evidenciada en que nos propone no necesitar del ojo, ejecución y técnica de otrxs para construir nuestra imagen, entidad o existencia, aún cuando los dispositivos a traves de los cuales lo hacemos hayan sido creados por otros. Por otro lado, en el paradigma actual, que ya no separa el imaginario de la técnica, ni al usuario del artista, (Machado, 2000) resulta necesario analizar el rol político de la selfie, ya que nos permitiría subvertir la desigual relación de poder que mantenemos con la máquina, ampliando así el universo de las posibilidades semióticas conocidas del medio (Machado, 2000). Del mismo modo, que para cobrar entidad requiere, como toda obra, de un “espectador”, que en el paradigma digital toma forma en la comunidad de usuarios, que la evalúan, sopesan, critican, aceptan, rechazan, aprueban, modifican, comparten, resignifican, recontextualizan y consideran consolidando una nueva forma de genio colectivo. Si bien el mercado celebra la individualidad, y la selfie como tal lo simboliza, se sustenta, sin embargo en una práctica cultural caracterizada por la contribución necesaria de múltiples inteligencias y sensibilidades que convergen en las experiencias estéticas contemporáneas, que Machado denomina genio colectivo, que interviene en los medios de producción, actúan como colaboradoras, facilitadoras, en el camino de hacer posible el ejercicio de ese poder de crear, sin la necesidad de contar con demasiados medios para su producción, posibilitandonos así mayor acceso. En este sentido, entendemos que es posible considerar a la selfie como un acto de soberania, puesto que nos permitiría ejercer el poder de creacion y de autodeterminacion acerca de qué mostrar, quien ser, donde y como proyectarnos en el mundo virtual.
“La historia de toda forma artística pasa por tiempos críticos en los que tiende a urgir efectos que se darían sin esfuerzo alguno en un tenor técnico modificado, esto es, en una forma artística nueva” (Benjamin, 1972), esta afirmación nos permite pensar a la práctica de la selfie como una práctica artística de éste nuevo paradigma, aún más comprender que para ello es necesario contar con inteligencias y sensibilidades suficientes para extraer nuevos frutos de esta nueva situacion. (Machado, 2000).
¿Y qué pasa con el aura?
Abordar la selfie como obra supone un desafío, dado que nos encontramos frente al vaciamiento de categorías estéticas contemporáneas que nos permitan comprenderla en su complejidad. Si la selfie es una producción estética, debemos, abordarla por un lado, en su contexto de origen y de producción, siendo éste la sociedad de la información, y por otro como producto del capitalismo y de la sociedad de consumo. En este sentido es posible caracterizarla, en términos de Benjamin, como un elemento emergente de “El fascismo que ve su salvación en que las masas lleguen a expresarse (pero que ni por asomo hagan valer sus derechos). [...] En consecuencia, desemboca en un esteticismo de la vida política. […] que el fascismo impone [como] un mecanismo puesto al servicio de la fabricación de valores culturales“(Benjamin, 1972).
A raiz esto, consideramos importante reflexionar acerca de qué sucede con la producción de sentido generada mediante las selfies. Sobre la existencia o no de una intencionalidad y búsqueda de calidad estética en tanto dimensión política. Si bien como objeto la selfie, la cual circula en el eter digital, en apariencia carecería de autenticidad, de unicidad, es decir, de aquellos valores que le darían calidad artística, puesto que forma parte del buzz propio del medio digital, en donde la repetitividad, la saturación y la masificiación son elementos predominantes. En términos de Ludmer (2006, p.3), sin embargo, recuperamos que “['Ante' la imagen como ley] todo es "realidad" y ésa es una de sus políticas” por lo que, tal vez, en consecuencia, la selfie, mantendría su aura. Esa “manifestación irrepetible de una lejanía” (Benjamin, 1972), característica de la obra de arte estaría en teoría ausente en la selfie, dado que no cumpliría con la condición de ser aquí y ahora propia de las obras de artes. Sin embargo, el aquí y ahora de las sociedades de la información, responde a nuevas temporalidades que se caracterizan por una condicion de estar siendo a cada momento, gracias a la posibilidad de ser reproducidas, y recuperadas en distintos tiempos y espacios.
A modo de conclusión, entendemos que sobre este recorrido plagado de preguntas, del que en definitiva no pretendemos extraer ninguna aceveración o verdad absoluta, sino ejercitar nuestro pensamiento crítico, concluimos que podemos seguir indagando, y reflexionando sobre la selfie, tal vez como Benjamin reflexiona sobre el cine. Dice Benjamin “a la atrofia del aura el cine responde con una construcción artificial de la personálity fuera de los estudios; […] conserva aquella magia de la personalidad, pero reducida, desde hace ya tiempo, a la magia averiada de su carácter de mercancía” (Benjamin, 1972), lo mismo, entonces tal vez pueda ser aplicado a la selfie. O, quizas, a la subjetividad del autor de la selfie, que se abre a transformarse en “contenido” para someterse indefectiblemnte a la creciente cultura de los likes.
Bibliografía
Sociedad de la información como máquina semiótica
Comenzaremos con algunas consideraciones preliminares que contextualizan nuestros argumentos y que se fundan en asumir que estamos inmersos en una sociedad mediada por las tecnologias digitales, por los medios de comunicación y por las redes sociales, y que éstos se han constiutido en dispositivos de control, de ejercicio de poder y de asignación de valor económico, político, social y cultural, y que es en ella donde la información ha adquirido el valor de mercancía, de entidad de bien de consumo, a la vez que nos invita a pertenecer a una comunidad. En este escenario es que podemos sostener que “la frenética urgencia económica de producir constantemente nuevas oleadas de géneros de apariencia cada vez más novedosa asigna una posición y una función estructural […] a la innovación y la experimentacion estetica” (Jameson, 2009), que ha dado lugar a la “emergencia de una nueva dimensión imaginaria como consecuencia de una invención técnica constiutída en máquina "semiótica [...]algo así como su lado oscuro, apasionado o anárquico, generalmente negado” por sus creadores y que es denominable como “dimensión artística” (Machado, 2000) es en este sentido, que nos atrevemos a caracterizar a la selfie como una manifestación estética propia de esta emergente dimensión imaginaria, en consecuencia de considerar a la sociedad de la informacion, a la sociedad de consumo posmoderna y a su revolución tecnológica, como una maquina semiotica.
De las estéticas contemporáneas
Es sabido que el mercado, con su cultura de la imagen y del consumo nos impone una forma de interactuar en y con el mundo, y que la misma es mediada por una cantidad de mecanismos y códigos que debemos aprender, aprehender y “dominar” y que nos obligan, en consecuencia a emprender una necesaria actualizacion permanente. Tanto de técnicas, como de carga de datos, y aún a sabiendas de que no terminamos de conocer, o decodificarlas en profundidad, y que por lo tanto nos mantiene, por un lado, en una suerte de penumbra, con poco acceso a conocimientos, recursos, o capacitaciones que nos permitan manipular dicha máquina, controlarla, o decidir acerca de su funcionamiento, comportamiento, programación, control sobre las copias, distribución, almacenameinto y perecidad de los datos allí volcados, y bajo la cual nos encontramos inmersxs, alejados de escenarios creativos auráticos (Benjamin, 1972). Y que por el otro nos obliga a reconsiderar, entre otras, y para empezar, las categorías de obra, arte, artista y autor, con su consecuente asignación de valor estético y político. Nos encontramos entonces, en un momento en el que las categorías estéticas tradicionales no alcanzarían, o no estarían en condiciones de ser utilizadas para analizar las nuevas manifestaciones estéticas contemporáneas, que en palabras de Josefina Ludmer podría caracterizarse como el “fin de la autonomia del arte”, y que para Machado podría entenderse a partir de considerar que “Lamentablemente Ia reflexión teórica sobre el arte de nuestro tiempo tropieza con los presupuestos heredados de teorías estéticas obsoletas, demasiado puristas para dar cuenta de una amalgama de factores infinitamente más complejos y heterogéneos que aquellos que definían a la primera revolución de la modernidad”. (Machado, 2000). Estas reflexiones nos llevan a atender el carácter del vinculo que establecemos entre nosotres mismes y nuestra imagen proyectada en el medio digital, a raíz de pensar en la “decisiva importancia que el modo aurático de existencia de la obra de arte jamás se desligue de la función ritual. Con otras palabras: el valor único de la auténtica obra artística se funda en el ritual en el que tuvo su primer y original valor útil” (Benjamin, 1972) haciendo posible pensar a la práctica de la selfie, en una doble dimensión, la de ser a la vez original y copia, a través de la cual ejercer soberanía, al generar y o actualizar nuestra propia (id)entidad mediada a través de esta máquina semiótica, que en apariencia responde a una necesidad de actualizar(nos) como información, a hacernos públicxs, al tiempo de constituír(nos) como un objeto estético de consumo, en y para una sociedad donde “no miramos sino lo que está bien mostrado, es decir que no deseamos sino lo que es deseado por otros” (Bourriaud, 2009).
Sobre el genio colectivo
Lo hasta aquí expuesto, nos lleva a pensar algunos aspectos de la selfie. Por un lado, su autonomía evidenciada en que nos propone no necesitar del ojo, ejecución y técnica de otrxs para construir nuestra imagen, entidad o existencia, aún cuando los dispositivos a traves de los cuales lo hacemos hayan sido creados por otros. Por otro lado, en el paradigma actual, que ya no separa el imaginario de la técnica, ni al usuario del artista, (Machado, 2000) resulta necesario analizar el rol político de la selfie, ya que nos permitiría subvertir la desigual relación de poder que mantenemos con la máquina, ampliando así el universo de las posibilidades semióticas conocidas del medio (Machado, 2000). Del mismo modo, que para cobrar entidad requiere, como toda obra, de un “espectador”, que en el paradigma digital toma forma en la comunidad de usuarios, que la evalúan, sopesan, critican, aceptan, rechazan, aprueban, modifican, comparten, resignifican, recontextualizan y consideran consolidando una nueva forma de genio colectivo. Si bien el mercado celebra la individualidad, y la selfie como tal lo simboliza, se sustenta, sin embargo en una práctica cultural caracterizada por la contribución necesaria de múltiples inteligencias y sensibilidades que convergen en las experiencias estéticas contemporáneas, que Machado denomina genio colectivo, que interviene en los medios de producción, actúan como colaboradoras, facilitadoras, en el camino de hacer posible el ejercicio de ese poder de crear, sin la necesidad de contar con demasiados medios para su producción, posibilitandonos así mayor acceso. En este sentido, entendemos que es posible considerar a la selfie como un acto de soberania, puesto que nos permitiría ejercer el poder de creacion y de autodeterminacion acerca de qué mostrar, quien ser, donde y como proyectarnos en el mundo virtual.
“La historia de toda forma artística pasa por tiempos críticos en los que tiende a urgir efectos que se darían sin esfuerzo alguno en un tenor técnico modificado, esto es, en una forma artística nueva” (Benjamin, 1972), esta afirmación nos permite pensar a la práctica de la selfie como una práctica artística de éste nuevo paradigma, aún más comprender que para ello es necesario contar con inteligencias y sensibilidades suficientes para extraer nuevos frutos de esta nueva situacion. (Machado, 2000).
¿Y qué pasa con el aura?
Abordar la selfie como obra supone un desafío, dado que nos encontramos frente al vaciamiento de categorías estéticas contemporáneas que nos permitan comprenderla en su complejidad. Si la selfie es una producción estética, debemos, abordarla por un lado, en su contexto de origen y de producción, siendo éste la sociedad de la información, y por otro como producto del capitalismo y de la sociedad de consumo. En este sentido es posible caracterizarla, en términos de Benjamin, como un elemento emergente de “El fascismo que ve su salvación en que las masas lleguen a expresarse (pero que ni por asomo hagan valer sus derechos). [...] En consecuencia, desemboca en un esteticismo de la vida política. […] que el fascismo impone [como] un mecanismo puesto al servicio de la fabricación de valores culturales“(Benjamin, 1972).
A raiz esto, consideramos importante reflexionar acerca de qué sucede con la producción de sentido generada mediante las selfies. Sobre la existencia o no de una intencionalidad y búsqueda de calidad estética en tanto dimensión política. Si bien como objeto la selfie, la cual circula en el eter digital, en apariencia carecería de autenticidad, de unicidad, es decir, de aquellos valores que le darían calidad artística, puesto que forma parte del buzz propio del medio digital, en donde la repetitividad, la saturación y la masificiación son elementos predominantes. En términos de Ludmer (2006, p.3), sin embargo, recuperamos que “['Ante' la imagen como ley] todo es "realidad" y ésa es una de sus políticas” por lo que, tal vez, en consecuencia, la selfie, mantendría su aura. Esa “manifestación irrepetible de una lejanía” (Benjamin, 1972), característica de la obra de arte estaría en teoría ausente en la selfie, dado que no cumpliría con la condición de ser aquí y ahora propia de las obras de artes. Sin embargo, el aquí y ahora de las sociedades de la información, responde a nuevas temporalidades que se caracterizan por una condicion de estar siendo a cada momento, gracias a la posibilidad de ser reproducidas, y recuperadas en distintos tiempos y espacios.
A modo de conclusión, entendemos que sobre este recorrido plagado de preguntas, del que en definitiva no pretendemos extraer ninguna aceveración o verdad absoluta, sino ejercitar nuestro pensamiento crítico, concluimos que podemos seguir indagando, y reflexionando sobre la selfie, tal vez como Benjamin reflexiona sobre el cine. Dice Benjamin “a la atrofia del aura el cine responde con una construcción artificial de la personálity fuera de los estudios; […] conserva aquella magia de la personalidad, pero reducida, desde hace ya tiempo, a la magia averiada de su carácter de mercancía” (Benjamin, 1972), lo mismo, entonces tal vez pueda ser aplicado a la selfie. O, quizas, a la subjetividad del autor de la selfie, que se abre a transformarse en “contenido” para someterse indefectiblemnte a la creciente cultura de los likes.
Bibliografía
Benjamin, Walter (1989). Discursos interrumpidos I. Filosofía del arte y de la historia. Buenos Aires: Taurus.
Bourriaud, Nicolás (2009). Postproducción. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.
Jameson, Frederic (1992). El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Buenos Aires: Paidós.
Ludmer, Josefina (2006). “Literaturas postautónomas”. [En línea] Consultado el 5 de junio de 2016: http://linkillo.blogspot.com/2006/12/dicen-que_18.html
Machado, Arlindo (2000). El paisaje mediático. Sobre el desafío de las poéticas tecnológicas. Buenos Aires: Libros del Rojas.
Bourriaud, Nicolás (2009). Postproducción. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.
Jameson, Frederic (1992). El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Buenos Aires: Paidós.
Ludmer, Josefina (2006). “Literaturas postautónomas”. [En línea] Consultado el 5 de junio de 2016: http://linkillo.blogspot.com/2006/12/dicen-que_18.html
Machado, Arlindo (2000). El paisaje mediático. Sobre el desafío de las poéticas tecnológicas. Buenos Aires: Libros del Rojas.
